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TRATAMIENTO MILAGRO

TRATAMIENTO MILAGRO

11 de agosto de 2025

Tras 18 años de profesión como fisioterapeuta, mi visión sobre cómo mejorar la salud de las personas ha cambiado mucho, o mejor dicho, se ha ido “modelando” con el paso del tiempo, la formación y sobre todo, la experiencia clínica.

            Como fisioterapeutas, estudiamos anatomía, fisiología, biomecánica, cinesiología, razonamiento clínico… aprendemos a valorar físicamente la funcionalidad de una estructura (articulación, tendón, músculo, nervio…), valoramos la cantidad y la calidad del movimiento, el dolor, la función… detectamos en qué estructura y en qué medida hay disfunción y lo tratamos con medios físicos (todas nuestras “herramientas”: terapia manual, terapia invasiva, neuromodulación, neurodinámica, fibrólisis etc…) eligiendo cuáles de nuestras técnicas pueden mejorar dicha disfunción detectada. Muy bien pero, ¿esto es suficiente para que el paciente mejore? Pues en la mayoría de los casos, se aprecia mejoría, ya desde la primera sesión, sólo con terapia “pasiva” (la realizada por el fisioterapeuta). Pero no es suficiente. Si la lesión conlleva falta de fuerza o estabilidad, déficit de función, menor o mayor cantidad de movimiento… en prácticamente todas las disfunciones, el ejercicio terapéutico mejora aún más al paciente comparado con la terapia pasiva (realizada por el fisioterapeuta) o incluso, en muchas situaciones, es absolutamente clave para la mejoría y resolución del problema del paciente. Tenemos pacientes que no empiezan a observar una mejoría hasta que no empiezan a hacer los ejercicios que les recomendamos.

            Hay una frase muy habitual durante la consulta, que nos dicen los pacientes: “ay, si pudiera quitarme este brazo (por ejemplo) que me está doliendo tanto, te lo dejo aquí, tú me lo arreglas y luego vengo a por él…”. Parece una broma, pero no imagináis cuántas veces me han dicho esta frase. ¿Qué significa esto? Que las personas van buscando muchas veces esa terapia pasiva, ese “tú me lo arreglas ”, ese  “yo no me implico y no me responsabilizo de mi lesión, si no que te traslado a ti, fisioterapeuta, mi problema y tú te encargas de resolvérmelo”. Pues aunque no sea lo que quieres oír, he de decirte que estás muy equivocado. Yo te puedo realizar mi terapia pasiva (que por supuesto, funciona y de la que ya tenemos mucha evidencia científica), pero además, tengo que guiarte en la terapia activa para que tú te impliques y trabajes conjuntamente conmigo. Desde el momento que entra un paciente por la puerta, debemos ser un equipo (fisioterapeuta y paciente) para desarrollar el tratamiento más efectivo posible. Y eso implica hacer ejercicio, sí, o sí.

            Y ahora abro un buen melón: vale, el paciente acude al fisio con un dolor de hombro, por ejemplo. Hacemos nuestra anamnesis y exploración, los test funcionales apuntan a una tendinopatía (lesión del tendón) del manguito rotador, probablemente del famoso supraespinoso. Lo miramos con el ecógrafo: hipoecogenicidad (color más oscuro de lo que debería verse si estuviese sano) en algunas zonas de la inserción del tendón y engrosamiento del mismo. Tiene dolor en ciertas posturas y movimientos. Y por supuesto, pregunto por sus hábitos de vida: resulta que es una persona con un trabajo absorbente, mucho ordenador, conducir, duerme poco y mal, comidas rápidas y nutrición un poco desorganizada, estrés… y como “dicen” que el deporte es bueno y baja el cortisol, pues se apuntó al gimnasio (que no dispone de entrenador personal) e hizo unos ejercicios que vio por Instagram y si ya le molestaba un poco el hombro, le empezó a molestar bastante más después de hacer esos ejercicios de fuerza que tan fáciles parecían cuando los hacía el “cachas” de los “reels” (vídeos de las redes sociales). Así que fue al médico de cabecera y le dio antiinflamatorios, cada 8h, y le dijo que no fuera más al gimnasio. Probablemente se le olvidó recomendarle que viniera al fisioterapeuta, y si el paciente por casualidad pregunta si puede acudir al fisio, si le vendría bien, se puede encontrar con respuestas escuetas como: “bueno, prueba a ver” o incluso “ mejor espérate unos días a ver si se te pasa”. Y yo me pregunto, ¿Que se espere a qué después de meses de dolor? ¿A ver si las pastillas y el reposo deportivo reparan un tendón? ¿Os suena esta historia, compañeros fisios?

            Y cuando tengo toda esta información, todo encaja como las piezas de un puzle. Un buen profesional sanitario siempre va a buscar el origen de la lesión. No vale sólo con intentar mejorar los síntomas del paciente, lo cual es importante, pero tenemos la obligación de ir al origen para intentar resolver el problema de forma permanente, si es posible, y evitar que vuelva a suceder (prevención). ¿Cuál creéis que es el verdadero problema de este paciente, en su origen? ¿La tendinopatía del supraespinoso? Su diagnóstico médico es éste, pero ¿por qué ha ocurrido? ¿por dónde empezamos a tratar? Cuando se consiga reducir o eliminar los síntomas, ¿cómo evitamos que le vuelva a ocurrir? ¿Se puede reparar el tendón sólo con la ayuda de la fisioterapia (porque el que repara, es el cuerpo, no la fisioterapia; pero nuestras técnicas estimulan e incentivan a que el proceso de reparación se dé y sea más rápido)?

            Y aquí empieza nuestra labor. La psiconeuroinmunología (PNI) analiza al paciente en todas sus facetas, de una forma global e integrativa, intentando desentramar el “lío” de disfunciones, de los diferentes sistemas del cuerpo humano, que se interrelacionan entre sí,  que al final han provocado esa sintomatología en el paciente. Y creo firmemente que la fisioterapia y las profesiones sanitarias, incluida la medicina, debería caminar hacia esa mirada global.

            Volviendo a nuestro paciente, debemos abordar, formando equipo con él todos los factores influyentes en su patología de hombro. Además de abordar el propio tejido lesionado con técnicas de fisioterapia para estimular su reparación, debemos acompañarle y mostrarle cómo mejorar sus hábitos de vida (incluso tratándolo conjuntamente con otros profesionales), porque influyen muy directamente en su dolor y limitación. Y no lo digo yo, lo dice la ciencia. Se sabe que una mala alimentación (alimentos ultraprocesados, con aditivos como los conservantes, potenciadores de sabor, azúcares…) afecta directamente a nuestra salud física y mental, aumentando el dolor y la inflamación, empeorando las funciones cerebrales e incluso afectan a nuestras emociones (podemos sentirnos más tristes, irritables o ansiosos). Escuché hace pocos días a Nazareth Castellanos (doctora en neurociencias) que existen estudios que relacionan la alimentación con ultraprocesados en los niños, e incluso durante el embarazo de la madre, con mayor predisposición al TDHA (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad), mayor número de rabietas, con más problemas sociales, más problemas de comprensión… y esto es porque las sustancias que se generan en el intestino debido a la acción de nuestra microbiota (que dependerá directamente, en cantidad y tipo de bacterias, de nuestra alimentación), son sustancias que afectan directamente a nuestro cerebro, puesto que existen gran cantidad de receptores en nuestras células cerebrales para ellas. Por ello se conoce al intestino como “el segundo cerebro”. Además, los efectos negativos de ciertas sustancias que consumimos, nos pueden producir cierta “toxicidad” y oxidación en nuestro organismo, predisponiéndonos a lesiones físicas, como por ejemplo una tendinopatía.

            Igual que hablamos de alimentación, podríamos analizar cada uno de los factores predisponentes, como el sedentarismo, que entre otros efectos produce una descompensación de la musculatura, tendiendo a debilitar la musculatura estabilizadora articular, para promover un acortamiento y exceso de tono de la movilizadora, promoviendo contracturas, posturas antifisiológicas y pérdida de función. También la falta de sueño (el sueño repara literalmente los tejidos corporales), provoca estrés y exceso de cortisol, que mantenido en el tiempo, es otro factor promotor de patología en multitud de órganos y sistemas del cuerpo. Sumado a nuestro estrés laboral, personal, prisas, horarios apretados… Tenemos la bomba de relojería.

            En el caso de nuestro paciente ficticio, no le debemos recomendar reposo; a pesar de que se haya hecho más daño haciendo ejercicios en el gimnasio. Esto es porque o bien no ha hecho los ejercicios de forma correcta, o bien se ha pasado de dosis, y ha hecho más repeticiones o más tiempo los ejercicios de los que debería haber hecho para tener resultados beneficiosos. Dentro de nuestra labor como fisioterapeutas, incluye indicar qué ejercicios, cómo y cuántos debe realizar para mejorar la función de su hombro sin lesionarse. Y si podemos trabajar en sinergia con un entrenador personal cualificado, muchísimo mejor; porque la realidad es que en muchas ocasiones, el trabajo del fisioterapeuta es tan sumamente amplio, que no tenemos tiempo o medios suficientes (algunos centros no disponemos de un gimnasio o del espacio necesario, por ejemplo)  para abordar todos y cada uno de estos factores durante la consulta de fisioterapia. Lo ideal es trabajar en equipo junto con otros profesionales como los nutricionistas, psicólogos, entrenadores… el trabajo multidisciplinar es mucho más efectivo.

            Con frecuencia, mientras realizo mis técnicas de fisioterapia con el paciente aprovecho para hablarle de todos estos factores que le están influyendo en su lesión y por tanto, que están mermando su calidad de vida. Hablamos de alimentación, sueño, sedentarismo, actividad laboral… cómo todos los hábitos de vida influyen en que esté en ese momento, sobre mi camilla. ¿Y si nos diésemos cuenta de que somos nuestros “propios médicos” y nosotros mismos podemos mejorar muchísimo nuestra calidad de vida? Con la información adecuada, proporcionada por profesionales cualificados, es una realidad.

            Si has leído hasta aquí buscando que te diga cuál es “el Tratamiento Milagro”… déjame decirte que sí existe, pero no es lo que piensas. No es una pastilla, ni una técnica de fisioterapia. Ese tratamiento se llama AUTOCUIDADO. Y engloba muchísimas cosas, hablamos de cuidar cuerpo y mente, desde la nutrición, sueño, actividad, emociones, ¡incluso pararse unos minutos a hacer unas respiraciones!… cualquier hábito de vida que se te ocurra. Ahí radica la salud. Nazaret Castellanos nos cuenta cómo somos capaces de cuidar a un niño, hasta el último detalle, propiciándole una alimentación sana, sus horas de sueño, su rato de actividad, su higiene, las muestras de cariño cada día… si todo lo que somos capaces de hacer por un niño, lo hiciésemos sobre nosotros/as mismos/as… ¡menudo cambio de paradigma se daría!

            Quiero aclarar que no siempre podemos evitar la enfermedad, está claro. Nuestro cuerpo no es perfecto y a veces comete errores en sus copias celulares, a veces se desequilibra, a veces los mecanismos de protección o de defensa fallan, es cierto. Pero… ¿no creéis que un cuerpo sano seguramente fallará con menor probabilidad que uno que esté continuamente sobrecargado, inflamado o agotado?

            En conclusión, dentro de esta vorágine vertiginosa en la que estamos viviendo, intentando “sobrevivir” al día a día, debemos pararnos a pensar en qué podemos hacer, cada día y dentro de nuestras posibilidades, para estar sanos, y por supuesto, dejarnos guiar por los profesionales adecuados, que nos acompañarán y mostrarán el camino a seguir.

María Moreno